La Flecha negra

La Flecha negra

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—No —repuso Dick—, no seré yo; jamás pronunciaré esa palabra. Eso es desesperar, y mientras hay vida, Joanna, hay esperanza. Y, a pesar de todo, abrigo una esperanza. ¡Sí, y triunfaré! Escúchame: cuando no eras más que un hombre para mí, ¿no te seguí?… ¿No levanté una partida de hombres fieles?… ¿No arriesgué mi vida en la contienda? Y ahora que te he visto tal como eres, la más hermosa y noble de todas las doncellas de Inglaterra, ¿crees tú que había de volverme atrás? Si los profundos mares se abriesen ante mis pies, me lanzaría a ellos sin vacilar; si el camino estuviese poblado de leones, los ahuyentaría como si fueran ratones.

—Ciertamente —contestó ella con sequedad—. Mucho te entusiasma un vestido azul celeste.

—No, Joanna —protestó Dick—. No es sólo tu vestido. Comprende, muchacha, que ibas disfrazada. También me tienes aquí disfrazado y, en realidad, ¿no es digna de risa mi figura? ¿No parezco un verdadero payaso?

—Sí, Dick, sí; sí que lo pareces —contestó ella sonriendo.

—¡Pues entonces!… —arguyó él con aire triunfador—. Así te ocurría a ti, pobre Matcham, en el bosque. Y en verdad que eras una moza que daba risa. ¡Pero ahora!


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