La Flecha negra

La Flecha negra

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Así pasaron el tiempo, cogidos de las manos, cambiando sonrisas y amorosas miradas y fundiendo los minutos en segundos; y así hubieran seguido toda la noche. Pero de pronto oyeron detrás de ellos un ruido y se percataron de que la más baja de las jóvenes estaba allí, puesto el dedo sobre los labios.

—¡Por todos los santos! —exclamó—. ¡Qué ruido armáis! ¿No podéis hablar en voz baja? Y ahora, Joanna, mi hermosa doncella de los bosques, ¿qué vais a dar a vuestra amiga por haberos traído a vuestro enamorado galán?

Por toda respuesta Joanna corrió hacia ella y la abrazó con cariñoso arrebato.

—Y vos, caballero —preguntó la joven—, ¿qué vais a darme?

—Señora —contestó Dick—, de buena gana os pagaría en la misma moneda.

—Venid, pues —dijo la dama—, se os da permiso. Pero Dick, rojo como una amapola, tan sólo le besó la mano.

—¿Qué os asusta de mi cara, buen caballero? —preguntóle ella, haciéndole una profundísima reverencia.

Y cuando Dick la abrazó al fin, muy tibiamente, añadió:


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