La Flecha negra
La Flecha negra —Joanna, vuestro galán es muy indeciso delante de vos. Pero os aseguro que cuando nos encontramos por vez primera era más decidido. ¡Mujer, si aún estoy llena de cardenales! No creáis una palabra de cuanto os diga yo, si no es verdad que toda la piel me dejó amoratada. Y ahora —prosiguió—, ¿os lo habéis dicho ya todo? Porque he de despedir rápidamente a vuestro paladÃn.
Los dos exclamaron que nada habÃan podido decirse aún, que la noche comenzaba entonces y que no querÃan separarse tan pronto.
—¿Y la cena? —preguntó la damisela—. ¿No hemos de bajar a cenar?
—¡Es verdad! —exclamó Joanna—. Se me habÃa olvidado.
—Escondedme, entonces —sugirió Dick—; ponedme detrás de los tapices, encerradme en un arca, lo que queráis, con tal de que esté yo aquà cuando volváis. Pensad, hermosa dama, que tan duramente nos trata la suerte que pasada esta noche acaso no podamos volver a vernos hasta la hora de la muerte.