La Flecha negra
La Flecha negra
DURANTE AQUELLA violenta y rápida escena, no hizo Lawless más que mirar inerte sin prestar auxilio, y hasta cuando todo hubo terminado y Dick, ya de pie, escuchaba ansiosamente el lejano bullicio que llegaba desde los pisos inferiores de la casa, seguÃa el viejo forajido bamboleándose cual arbusto agitado por el viento, mirando estúpidamente el rostro del muerto.
—Menos mal que no nos han oÃdo —murmuró Dick, al fin—. ¡Gracias a todos los santos del cielo! Pero ahora, ¿qué voy a hacer con este pobre espÃa? Por lo pronto, le quitaré de la escarcela la borla que encontró.
La abrió, en efecto, Dick, y halló en ella unas cuantas monedas, la borla y una carta dirigida a lord Wensleydale y cerrada con el sello de lord Shoreby. Tal nombre despertó los recuerdos de Dick e instantáneamente rompió el lacre y leyó la carta. Breve era su contenido; pero, con gran placer de Dick, daba prueba evidente de que lord Shoreby sostenÃa traidora correspondencia con la casa de York.
El muchacho solÃa llevar consigo su tintero de cuerno y recado de escribir; asà pues, doblando la rodilla junto al cadáver del espÃa, pudo escribir estas palabras en una esquina del papel.
