La Flecha negra
La Flecha negra —¡Silencio, borracho! —exclamó Dick, empujándole violentamente contra la pared—. Dos palabras voy a decirte… si es posible que me entienda un hombre que tiene más vino que seso en la cabeza; dos palabras tan sólo, y en nombre de la Virgen MarÃa: ¡márchate de esta casa, donde si continúas, no sólo lograrás que te ahorquen a ti, sino a mà también! ¡Anda, aprisa, ligero, o por la misa, que acaso me olvide de que soy, en cierto modo, tu capitán y tu deudor! ¡Márchate!
El falso monje comenzaba a recobrar el uso de la inteligencia, y el timbre de voz y el centelleo de los ojos de Dick hicieron que le entrara en la cabeza el sentido de sus palabras.
—¡Por la misa! —gritó también Lawless—. Si no hago falta aquÃ, puedo marcharme.
Y tomó, dando traspiés, por el corredor, y fue escaleras abajo, dando tumbos y golpes contra la pared.
Tan pronto como le hubo perdido de vista, Dick volvió a su escondrijo, decidido a ver el fin de aquel asunto. La prudencia le aconsejaba que se marchara; pero el amor y la curiosidad pesaron con más fuerza en su ánimo.