La Flecha negra
La Flecha negra El fugitivo se hallaba a pocos pasos de su refugio; pero esta última parte del prado ascendÃa en pronunciado declive, de forma que su carrera resultaba, proporcionalmente, mucho más lenta. Entre la grisácea luz del ocaso y la irregularidad de movimientos del fugitivo, el blanco no tenÃa nada de fácil. Por otra parte, Dick, al alzar su arco, sintió una especie de lástima y un vago deseo de errar el tiro. Voló al fin la saeta.
Vaciló el hombre y cayó; sus enemigos prorrumpieron en triunfal vocerÃo. Pero su alegrÃa fue prematura. El hombre habÃa sufrido una caÃda sin importancia; rápidamente se puso en pie, se volvió para agitar su gorro mofándose de ellos, y pronto desapareció entre la espesura del bosque.
—¡Mala peste se lo lleve! —gritó Bennet—. ¡Tiene pies de ladrón! ¡Por san Banbury que sabe correr! Pero le disteis, master Shelton; aunque os ha robado la saeta. ¡Ojalá no tenga nunca más suerte que la que yo le deseo!
—Pero ¿qué hacÃa rondando la iglesia? —preguntó sir Oliver—. Mucho me temo que haya cometido alguna maldad. Clipsby, desmonta y mira con cuidado por y entre esos tejos a ver si encuentras algo.
Partió Clipsby y al rato volvÃa con un papel en la mano.