La Flecha negra
La Flecha negra —Respecto a esto —añadió Dick—, lo mejor que podemos hacer es estarnos quietos. TodavÃa no sabemos lo que Duckworth se propone, y cuando se haya dicho la última palabra, por muy mal que fueran las cosas, aun quizá podrÃamos poner pies en polvorosa.
Al dejar de hablar, percibieron unos lejanos y débiles acordes de alegre música, que se acercaban cada vez más fuertes. Las campanas de la torre rompieron a repicar y una multitud, que crecÃa por momentos, comenzó a apiñarse en la iglesia, sacudiéndose la nieve de los pies y frotándose y calentándose las entumecidas manos con su aliento. Se abrió de par en par la puerta del lado oeste, dejando ver el resplandor del sol sobre la nevada calle y dando entrada a una ráfaga de aire sutil de la mañana; en una palabra: todo demostraba que lord Shoreby deseaba casarse muy de mañana y que ya se acercaba el cortejo nupcial.
Algunos de los hombres de lord Shoreby despejaron el paso hacia la nave central, obligando a retroceder, con sus lanzas, a la gente; un momento después se veÃa acercarse, sobre la nieve helada, los pÃfanos y trompeteros, con la cara escarlata a fuerza de soplar; los tambores y los cÃmbalos, tocando con fuerza.