La Flecha negra

La Flecha negra

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Pero Dick le puso enseguida la mano en el hombro, deteniéndole.

—Amigo Lawless —le dijo—, quédate ahí quieto sentado. Y si tienes ojos en la cara mira hacia allá, hacia el rincón, bajo el arco del presbiterio. ¿No ves que, con sólo moverte tú para levantarte, esos hombres armados se han preparado para interceptarte el paso? Ríndete, amigo. Cuando, a bordo del barco, creíste que ibas a morir ahogado, fuiste valiente; sélo ahora también para morir, dentro de poco, en la horca.

—Master Dick —suspiró Lawless—, ¡la cosa me ha pillado tan de sorpresa! Pero dadme tiempo de recobrar el aliento, y, ¡por la misa!, tan valeroso he de ser como vos mismo.

—¡Ahora te reconozco, valiente! —murmuró Dick—. Sin embargo, Lawless, mucho me apena tener que morir; pero, si de nada sirve el lloriquear, ¿para qué quejarse?

—¡Verdad es! —asintió Lawless—. Si así ruedan las cosas, ¡un comino me importa la muerte! Un día u otro será, mi señor. Y morir colgado en una buena pelea dicen que es una muerte dulce, aunque jamás supe de nadie que volviera del otro mundo para contarlo.

Y diciendo eso, el bravo pícaro se recostó en su sitial, cruzó los brazos y comenzó a mirar en torno con aire insolente y despreocupado.


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