La Flecha negra
La Flecha negra —No te muevas —susurró Dick—. Estamos en el mayor de los aprietos, gracias, sobre todo, a tu cochinada de ayer por la tarde. Cuando me viste aquà sentado, donde no tengo derecho a estar, ni interés alguno, ¡mala peste!, ¿no pudiste oler que algo malo habÃa en todo esto y huir del peligro?
—No —repuso Lawless—, creà que habÃais recibido noticias de Ellis y que estabais aquà cumpliendo con vuestro deber.
—¿Ellis? —repitió Dick—. ¿Ha vuelto, pues?
—Ya lo creo —contestó el forajido—. Llegó anoche, y buenos azotes me dio por haberme emborrachado… De modo que ya estáis vengado, mi señor. ¡Ese Ellis Duckworth es una furia! A galope vino desde Craven para evitar esa boda; y ya sabéis, master Dick, su manera de obrar…: lo que dice lo hace.
—Pues entonces —dijo Dick, sin descomponerse— tú y yo, mi pobre hermano, somos hombres muertos, porque aquà estoy prisionero sólo por sospechas y mi cabeza responde de esa misma boda que él se propone desbaratar… Peliagudo dilema: ¡perder la novia o perder la vida! Pues bien: la suerte está echada… ¡me toca perder la vida!
—¡Por la misa! —exclamó Lawless levantándose a medias—. ¡Me marcho!