La Flecha negra
La Flecha negra En medio de toda esta actividad, era fácil burlar la vigilancia de los centinelas de sir Daniel, que estaban apostados en la puerta. Y, poco a poco, Dick, mirando aburridamente en torno suyo, tropezó con la mirada de Will Lawless, nada menos, vistiendo aún el hábito de monje.
El forajido reconoció al momento a su jefe y reservadamente le hizo señas con las manos y los ojos.
Muy lejos estaba Dick de haber perdonado al viejo bribón su inoportuna borrachera, pero no quería complicarle en el aprieto en que se hallaba; en consecuencia, contestó a su seña con otra, ordenándole que se marchara.
Como si la hubiera entendido, Lawless desapareció inmediatamente detrás de uno de los pilares, y Dick respiró tranquilo.
Pero ¡cuál no sería su sorpresa y espanto al sentir que le tiraban de la manga y ver al viejo ladrón instalado junto a él, en el sitial contiguo, y con todas las apariencias de hallarse sumido en sus devociones!
Instantáneamente sir Oliver se levantó de su asiento y, deslizándose por detrás de los sitiales, se dirigió hacia los soldados que estaban en la nave lateral. Si tan pronto habían despertado las sospechas del cura, el mal no tenía remedio, y Lawless quedaría prisionero en la iglesia.