La Flecha negra
La Flecha negra Un rato después la grisácea claridad de la mañana penetraba por las pintadas vidrieras de la iglesia, avergonzando al débil resplandor de los cirios. Aumentaba la luz, haciéndose más viva, y al poco tiempo, a través de las claraboyas del sudeste, un chorro de rosada luz solar jugueteaba en las paredes. La tormenta había cesado; los nubarrones descargaron su nieve y huyeron lejos, y el nuevo día apuntaba sobre un alegre paisaje de invierno, cubierto por una blanca funda.
Entraron apresuradamente acólitos y encargados del servicio de la iglesia, se llevaron el féretro al depósito de cadáveres y limpiaron de las baldosas las manchas de sangre, para que ningún espectáculo de mal agüero desluciese la boda de lord Shoreby.
Al propio tiempo, los mismos clérigos, que tan lúgubre ocupación tuvieron durante la noche, comenzaron a poner sus rostros más en consonancia con la mañana, para honrar la ceremonia, mucho más alegre, que a punto estaba de empezar. Y como nuevo anuncio de la llegada del día, fue congregándose allí la gente devota de la ciudad, entregándose a sus rezos ante sus capillas favoritas o a esperar su turno ante los confesionarios.