La Flecha negra
La Flecha negra —Un hombre puede ser culpable inocentemente —replicó el clérigo—. Puede habérsele ordenado cumplir a ciegas una misión, ignorando su verdadero alcance. Esto es lo que a mà me ocurrió. Yo atraje a tu padre hacia la muerte; pero tan cierto como que nos está viendo el cielo en este lugar sagrado, yo no sabÃa lo que hacÃa.
—Es posible —murmuró Dick—. Pero ved qué rara telaraña habéis tejido, que ahora resulta que yo he de ser, en este momento, vuestro prisionero a la par que vuestro juez; que al propio tiempo que amenazáis mi vida estáis implorando que contenga mi ira. Creo yo que si toda la vida hubierais sido un hombre recto y buen sacerdote, no tendrÃais ahora que temerme ni detestarme. Y ahora volved a vuestras oraciones. Os obedezco, ya que la necesidad obliga; pero no quiero que me molestéis con vuestra compañÃa.
Exhaló el cura tan hondo suspiro que casi se inclinó el muchacho a sentir por él algo de lástima, y luego sepultó la abatida cabeza entre las manos, como hombre abrumado por el peso de la zozobra. No volvió a murmurar los salmos; pero Dick oyó el chocar de las cuentas entre sus dedos y el acompasado murmullo de sus plegarias entre dientes.