La Flecha negra
La Flecha negra Mucho antes de que pudiera practicarse la menor pesquisa para capturarlos, los autores de esta trágica interrupción se precipitaron por una escalera de caracol y desaparecieron por una poterna.
Pero Dick y Lawless todavÃa quedaban como rehenes; a la primera señal de alarma se levantaron e hicieron varoniles esfuerzos para ganar la puerta, pero entre la estrechez de los sitiales y la multitud de aterrorizados curas resultó vano el intento, y no tuvieron más remedio que volver estoicamente a sus puestos.
Entonces, pálido de horror, sir Oliver se puso en pie y llamó a sir Daniel, señalando con una mano a Dick.
—¡Aquà —gritó— está Richard Shelton! ¡Hora funesta!… ¡Culpable de un asesinato! ¡Cogedle!… ¡Mandadlo prender! ¡Por nuestras vidas, cogedle y atadle fuerte! ¡Ha jurado destruirnos!
Sir Daniel se quedó ciego de ira… ciego también por la sangre caliente que aún corrÃa por su rostro.
—¿Dónde? —rugió—. ¡Traédmelo a rastras! ¡Por la cruz de Holywood que se ha de arrepentir de este momento!
Retrocedió la muchedumbre y un grupo de arqueros invadió el coro, violentamente echó mano sobre Dick y empujándole le hicieron bajar los escalones del presbiterio. Lawless, por su parte, se quedó en su asiento, más quieto que escondido ratoncillo.