La Flecha negra
La Flecha negra Sir Daniel, limpiándose la sangre que le corrÃa por los ojos, miró, parpadeando, a su cautivo.
—¡Ah, traidor, insolente —le dijo—; ya te tengo seguro! Y por todos los juramentos de la tierra, por cada gota de sangre que me corre por los ojos he de arrancarte un gemido de tu cuerpo. ¡Lleváoslo! —añadió—. ¡No es éste el sitio! A mi casa con él. Dejaré en todas las articulaciones de tu cuerpo la marca de la tortura.
Pero Dick, desasiéndose de los que le habÃan prendido, levantó su voz.
—¡Santuario! —gritó—. ¡Santuario! ¡Estoy en lugar sagrado y a él me acojo! ¿OÃs, padres mÃos? ¡Quieren arrancarme de la iglesia!
—De la iglesia que tú has profanado con un asesinato, muchacho —añadió un hombrón, magnÃficamente vestido.
—¿Quién lo prueba? —gritó Dick—. Me acusan de complicidad, es cierto, pero sin la menor prueba. Yo era, en verdad, un pretendiente a la mano de esta damisela, y ella, me atrevo a decir, respondÃa a mi galanteo con su favor. Pero ¿qué hay de malo en eso? Amar a una doncella no es ofensa, creo yo… ni tampoco conquistar su amor. En cuanto a lo demás, limpio estoy de toda culpa.