La Flecha negra
La Flecha negra El conde de Risingham oyó en silencio, y cuando las voces cesaron, continuó aún silencioso un rato. Luego, dio a Joanna la mano para que se levantara, aunque pudo observarse que no usó igual cortesía con la que se había llamado sobrina suya.
—Sir Daniel —dijo, al fin—, es éste un complicado asunto que, con vuestro permiso, me encargaré yo de examinar y resolver. Contentaos, pues, con saber que vuestro asunto está en buenas manos; se os hará justicia, y, entretanto, marchaos a vuestra casa y haceos curar vuestras heridas. El aire es muy frío y no quisiera que pillarais un enfriamiento además de esos rasguños.
Hizo con la mano una seña, y ésta fue transmitida de unos a otros, en el interior de la nave, por sus obsequiosos servidores, que esperaban atentos al menor gesto.
Instantáneamente, fuera de la iglesia, sonó penetrante toque de trompetas, y a través del abierto portal, arqueros y hombres de armas, vestidos con los colores de la casa de lord Risingham y llevando su divisa, comenzaron a entrar en la iglesia, marchando en fila; les quitaron los dos prisioneros a los que aún los custodiaban, y cerrando filas tras Dick y Lawless, marcharon de frente y desaparecieron.