La Flecha negra
La Flecha negra —Milord Risingham —exclamó—; oÃdme en justicia. Me hallo aquÃ, bajo custodia de ese hombre, puramente obligada por la fuerza, secuestrada, robada a mi propia familia. Desde el dÃa en que esto ocurrió no he hallado piedad, amparo ni consuelo en ningún hombre más que en éste, en Richard Shelton, a quien ahora acusan y tratan de perder. Milord, si anoche estuvo en la mansión de sir Daniel, fue porque a ella le llevé yo; fue porque yo se lo pedÃ, y nunca pensó en cometer daño alguno. Cuando sir Daniel se portaba aún con él como buen señor, luchó lealmente contra los de la Flecha Negra. Pero cuando su vil tutor intentó quitarle la vida con ardides, y tuvo que huir de noche para salvarse de aquella traidora morada…, ¿dónde podÃa ir en busca de auxilio, sin recursos de ninguna clase? Y si cayó entonces en malas compañÃas, ¿a quién condenarÃais por ello, al muchacho injustamente tratado o al tutor que abusó de la confianza en él depositada?
Al llegar aquÃ, la otra damisela que la acompañaba se arrojó también de rodillas junto a Joanna.
—Y yo, mi buen lord y tÃo —añadió ella—, puedo dar fe, en conciencia y ante todos los presentes, de que lo que esta doncella ha dicho es cierto. Fui yo, indigna compañera suya, quien llevó hasta allà al joven.