La Flecha negra
La Flecha negra —Caballero —repuso Dick—, estoy en un santuario, ¿no es verdad? Pues bien, caballero: por vuestro porte adivino que sois de elevada condición, y en vuestro semblante leo señales de piedad y de justicia. A vos, pues, me entregaré prisionero, con mucho gusto, renunciando al derecho que me concede este sagrado lugar. Pero antes que rendirme a discreción a ese hombre, a quien en voz alta acuso de ser el asesino de mi padre y el detentador injusto de mis tierras y rentas, antes que eso os suplico la gracia de que, con vuestra noble mano, me deis muerte en el acto. Vos mismo habéis oÃdo que, aun antes de que fuese probada mi culpabilidad, ya me amenazó con el tormento. No cuadra a vuestro propio honor el entregarme a mi declarado enemigo y antiguo opresor, sino el que me juzguéis conforme manda la ley, y si en verdad soy culpable, que me deis misericordiosa muerte.
—Milord —gritó sir Daniel—, espero que no daréis oÃdos a ese lobo. Su daga sangrienta le echa en cara su falsedad.
—No; pero permitidme que os diga, mi buen caballero —replicó el alto desconocido—, que vuestra vehemencia dice muy poco en favor vuestro.
En ese momento, la novia, que habÃa vuelto en sà de su desmayo unos minutos antes y contemplaba con extraviados ojos la escena, se desasió de los que la sostenÃan y cayó de rodillas ante el hombrón.