La Flecha negra
La Flecha negra
APESAR de ser, con mucho, el más importante personaje de cuantos habÃa entonces en Shoreby, el conde de Risingham se alojaba pobremente en la casa de un caballero particular, en los barrios extremos de la ciudad. Sólo los hombres armados que habÃa en las puertas y los mensajeros a caballo que iban y venÃan sin cesar anunciaban la residencia temporal de un gran lord.
Asà sucedió que, por falta de espacio, Dick y Lawless fueron encerrados en una misma habitación.
—Muy bien hablasteis, master Richard —dijo el forajido—. No podÃais hacerlo mejor, y, por mi parte, os doy las gracias cordialmente. Hemos caÃdo en buenas manos; nos juzgarán en justicia y a una hora u otra de esta noche nos colgarán decentemente de un mismo árbol.
—La verdad es, pobre amigo mÃo, que asà lo creo —respondió Dick.
—Sin embargo, aún nos queda una cuerda en nuestro arco —replicó Lawless—. Ellis Duckworth es hombre como no se encontrarÃa otro entre diez mil; os tiene metido en el corazón, tanto por vos mismo como por vuestro padre, y conociendo vuestra inocencia en este lance, removerá cielo y tierra para salvaros.
