La Flecha negra
La Flecha negra
CUANDO A Dick y a Lawless se les permitió escapar por una puerta trasera de la casa en la que lord Risingham tenÃa su guarnición, ya anochecÃa.
Hicieron alto un momento al abrigo de la tapia del jardÃn para ponerse de acuerdo acerca del mejor camino a seguir. El peligro era extremado. Si uno de los hombres de sir Daniel llegaba a verlos y daba la voz de alarma, pronto les darÃan caza y les acuchillarÃan al instante. Y no sólo era la ciudad de Shoreby una red de peligros para sus vidas, sino que salir a campo abierto era correr el riesgo de tropezar con las patrullas de vigilancia.
Poco después, al entrar en un terreno descubierto, divisaron un molino de viento y, junto a él, un espacioso granero con las puertas abiertas.
—¿Qué te parece si nos quedásemos ahà hasta que se hiciera de noche? —preguntó Dick.
No ocurriéndosele a Lawless mejor recurso, corrieron hacia el granero y se ocultaron detrás de la puerta, entre la paja.
