La Flecha negra
La Flecha negra
ALA mañana siguiente, temprano, antes de apuntar el día, se levantó Dick, se cambió de ropas, se armó de nuevo como un caballero y emprendió la marcha hacia la guarida de Lawless, en el bosque.
Como recordará el lector, allí había dejado los documentos de lord Foxham, y sólo podía recogerlos y estar de regreso para llegar a tiempo a la cita con el joven duque de Gloucester partiendo muy de mañana y apretando mucho el paso.
La helada era más fuerte que nunca; el aire, quieto y seco, cortaba el rostro. Había desaparecido la luna, pero brillaban aún numerosas estrellas, y el reflejo de la nieve era claro y vivo. Para caminar no era necesaria linterna alguna, y aquel aire tranquilo, pero diáfano, no infundía la menor tentación de detenerse.
Había cruzado Dick la mayor parte del terreno abierto entre Shoreby y el bosque, y se hallaba ya al pie de la colina, a unos cien metros de la Cruz de santa Brígida, cuando, en medio del silencio de aquella madrugada, sonó la estridente nota de un toque de clarín, tan agudo, tan claro y penetrante, que creyó no haber oído jamás otro igual. Sonó una vez, se repitió precipitadamente otra, y luego sucedió el ruido de chocar de aceros.
Aguzó el oído Shelton y, desenvainando la espada, corrió monte arriba.
