La Flecha negra
La Flecha negra
TODA LA distancia que habían de recorrer no pasaba de un cuarto de milla. Pero no bien hubieron salido del abrigo de los árboles, observaron que a cada lado huía la gente gritando por las nevadas praderas. Casi al mismo tiempo comenzó a levantarse en la ciudad un rumor que iba esparciéndose y aumentando continuamente, y no se hallaban todavía a la mitad del camino de la casa más próxima, cuando ya en el campanario tocaban a rebato.
Rechinaba los dientes de coraje el duque. Juzgando por aquellas señales de alarma tan prontas, temió hallar preparados a sus enemigos, y si no conseguía poner pie en la ciudad, sabía que su pequeño destacamento pronto sería dominado y exterminado en campo abierto.
En la ciudad, sin embargo, los de Lancaster estaban muy lejos de hallarse en tan buena situación como él temía. Ocurría lo que Dick había dicho. La guardia nocturna se había despojado ya de sus arneses; los demás andaban aún rezongando por los cuarteles, desceñidas las ropas, totalmente desprevenidos para entrar en batalla y en todo Shoreby no había, tal vez, cincuenta hombres armados por completo ni cincuenta caballos dispuestos para ser montados enseguida.
