La Flecha negra
La Flecha negra Entonces los infantes de la plaza del mercado retrocedieron, corrieron por todos lados. La caballería, que había estado formada en fila de a dos, dio de pronto media vuelta, convirtió el flanco en frente y, con la rapidez de una víbora, la larga columna vestida de acero fue lanzada contra la ruinosa barricada.
De los dos primeros jinetes cayó uno, junto con el caballo, y fue atropellado por sus compañeros. El segundo saltó sobre la cima del baluarte, atravesando con la lanza a un arquero. Casi en el mismo instante le arrancaron de su silla y fue muerto su caballo.
En tal punto todo el peso y el ímpetu de la carga cayó sobre los defensores, dispersándolos. Los hombres de armas, pasando por encima de sus caídos compañeros y arrastrados por la furia de la acometida, se lanzaron a través de la rota línea de Dick, y se precipitaron, con fragor de tempestad, calle arriba y aún más allá, como desatada corriente que se desborda a través de un dique roto.
Sin embargo, la lucha no había terminado. Todavía en la estrecha bocacalle, Dick y unos cuantos supervivientes manejaban sus hachas de armas como si fueran leñadores, y ya a través del arroyo se había formado una segunda barrera, más alta y más eficaz, de hombres caídos y destripados caballos, estremeciéndose con la agonía de la muerte.