La Flecha negra

La Flecha negra

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Burlada por este nuevo obstáculo, el resto de la caballería retrocedió, y como al advertir esta maniobra arreciase la lluvia de flechas desde las ventanas, su retirada adquirió, por un momento, caracteres de franca huida.

Casi al mismo tiempo, los que habían cruzado la barricada y avanzado calle arriba se encontraron frente a la puerta del Tablero de Ajedrez, con el formidable jorobado y todas las reservas de yorkistas, por lo cual comenzaron a retroceder dispersos en el colmo del desorden y del terror.

Les hicieron frente Dick y los suyos, y, para ayudarles, más hombres salieron de las casas; una terrible descarga de flechas dio de frente sobre los fugitivos, mientras que Gloucester les acometía ya por retaguardia con los caballos; en cosa de un minuto y medio no quedó vivo en la calle ni uno solo de los de Lancaster.

Entonces, y sólo entonces, alzó Dick su humeante espada y dio rienda suelta a las victoriosas aclamaciones.

Entretanto, Gloucester desmontaba y se acercaba para inspeccionar la posición. Su rostro estaba pálido como la cera, pero sus ojos brillaban en las hundidas cuencas como dos raras joyas, y cuando habló lo hizo con voz ronca y quebrada por la excitación de la batalla y la emoción de la victoria.


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