La Flecha negra
La Flecha negra Contempló aquella barrera, a la que nadie, amigo o enemigo, podÃa acercarse sin precaución, tan furiosamente se agitaban los caballos en los dolores de la muerte, y a la vista de aquella carnicerÃa sonrió con torcido gesto.
—Rematad a esos caballos —ordenó—; os impiden que os aprovechéis de la ventaja adquirida. Richard Shelton —añadió—, estoy satisfecho de vos. Arrodillaos.
Los de Lancaster habÃan reanudado su ataque con los arqueros, y las flechas caÃan como espesa lluvia sobre la entrada de la calle; pero el duque, sin hacer el menor caso, desenvainó lentamente su espada y armó caballero a Richard sobre el mismo campo de batalla.
—Y ahora, sir Richard —continuó—, si veis a lord Risingham, mandadme un correo al instante. Aunque no os quedara más que un hombre, enviádmelo sin perder ni un momento. Antes preferirÃa perder esta posición que la oportunidad de darle una buena estocada. Porque, oÃdlo bien todos —añadió levantando la voz—, si el conde de Risingham cae por otra mano que no sea la mÃa, contaré esta victoria como una derrota.
—Milord duque —dijo uno de sus servidores—, ¿no está vuestra excelencia cansado de exponer su preciosa vida inútilmente? ¿Por qué os detenéis aqu�