La Flecha negra
La Flecha negra —Catesby —repuso el duque—, aquà y no en otro sitio es donde está el campo de batalla. Los demás no son sino amagos de ataque. Aquà hemos de vencer. Y en cuanto al riesgo… si fuerais un feo jorobado y los chiquillos se mofasen de vos en plena calle, en menos estima tendrÃais vuestro cuerpo y juzgarÃais que una hora de gloria vale por una existencia entera. Sin embargo, si queréis, montemos y vayamos a visitar los demás puestos. Sir Richard, aquà presente, mi tocayo, se mantendrá firme en esta bocacalle, donde hasta los tobillos se han hundido en sangre caliente. Podemos confiar en él. Pero fijaos, sir Richard, que todavÃa no habéis terminado. Aún falta lo peor. No os durmáis.
Fue derecho hacia Shelton, mirándole fijamente a los ojos y cogiéndole una mano con las dos suyas le dio tan fuerte apretón que milagro fue que no brotara de ella sangre.
Ante aquellos ojos, sintió Dick que el valor le faltaba. La loca excitación, la bravura y la crueldad que leyó en ellos le llenaron de espanto al pensar en el futuro. Valeroso era, en verdad, el ánimo de aquel joven duque que cabalgaba en primera lÃnea en la batalla; pero después de la guerra, en tiempo de paz y en el cÃrculo de sus amigos de confianza era de temer que aquel espÃritu continuase dando frutos de muerte.