La Flecha negra
La Flecha negra
ABANDONADO DICK una vez más a sus propias iniciativas, comenzó a mirar en torno suyo. Las descargas de flechas habían ido perdiendo algo de su intensidad. El enemigo retrocedía por todos lados y la mayor parte de la plaza del mercado se hallaba vacía; la pisoteada nieve se había convertido en fango de color anaranjado, todo él salpicado de cuajada sangre y lleno de hombres y caballos muertos erizados de emplumadas flechas.
En su propio bando las pérdidas habían sido terribles. En la bocacalle y en las ruinas de la barricada se amontonaban los muertos y los moribundos, y de los cien hombres con que empezara la batalla no quedaban ni setenta que pudieran seguir peleando.
Al mismo tiempo iba transcurriendo el día. Era de esperar que los primeros refuerzos llegaran de un momento a otro, y los de Lancaster, desanimados ya por el resultado de su desesperada pero infructuosa carga, se hallaban de mal temple para hacer frente a un nuevo invasor.
En la pared de una de las dos casas de la bocacalle un reloj de sol señalaba las diez en aquella mañana de pálido sol de invierno.
Dick se volvió hacia el hombre que tenía al lado, un arquerillo insignificante, que estaba entonces vendándose una leve herida en un brazo.
—Bien hemos peleado —dijo—, y a fe que no han de repetir la carga.
