La Flecha negra
La Flecha negra Muy visible en medio de la refriega, divisó Dick a Crookback. Estaba dando anticipada prueba de aquel furioso brío y destreza para abrirse paso entre las filas guerreras que años después había de demostrar plenamente en el campo de batalla de Rosworth, cuando ya estaba manchado con la sangre de sus crímenes, y que casi bastó para cambiar aquel día la suerte y los destinos del trono de Inglaterra. Esquivando, golpeando, derribando, de tal modo dominaba y hacía maniobrar a su vigoroso caballo, tan eficazmente se defendía y tan pródigamente sembraba la muerte entre sus adversarios, que se hallaba ya muy por delante de los primeros de sus caballeros, abriéndose paso con el azote de su sangrienta espada hacia donde lord Risingham rehacía y acaudillaba a los más bravos.
Un momento más y habíanse encontrado frente a frente el alto, magnífico y renombrado guerrero y el deforme y enfermizo muchacho.
No dudó Dick del resultado. Y cuando, un instante después, quedó al descubierto por un momento la pelea, la figura del conde había desaparecido.
Mas todavía en la primera línea de peligro arremetía Richard Crookback con su recio caballo y blandiendo su espada.