La Flecha negra
La Flecha negra
NI UN solo enemigo quedó a su alcance, y al mirar Dick tristemente en torno suyo, contemplando los restos de su intrépida fuerza, pensó a costa de cuántas vidas se había obtenido la victoria. Él mismo, desaparecido ya el peligro, se sentía tan dolorido y maltrecho, tan magullado y herido, y, sobre todo, tan acabado y exhausto por su desesperada e incesante acción en la lucha, que se hallaba incapaz de cualquier nuevo esfuerzo.
Pero no había llegado aún la hora del descanso.
Tomada Shoreby por asalto, aunque fuera ciudad abierta y no pudiese en modo alguno hacérsela responsable de la resistencia, era evidente que aquellos rudos combatientes no habrían de serlo menos ahora que la lucha había terminado y que habría de ponerse en ejecución la parte más horrible de la guerra.
No era Richard de Gloucester de aquellos capitanes que protegen a los ciudadanos de la enfurecida soldadesca, y hasta en caso de suponer que quisiera hacerlo, cabría preguntar si hubiera podido lograrlo.
