La Flecha negra

La Flecha negra

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La soberbia mansión de sir Daniel había sido tomada por asalto. Las puertas, convertidas en astillas, pendían de sus goznes, y una doble turba de soldados entraba y salía continuamente en busca de botín o llevándoselo ya. En los pisos altos se ofrecía aún alguna resistencia a los saqueadores, porque precisamente al llegar a la vista del edificio Dick, hacían saltar una ventana desde dentro, y un pobre desgraciado que vestía librea morada y azul, gritando y resistiéndose, fue sacado por la abertura y arrojado a la calle.

Asaltaron a Dick los más angustiosos temores. Echó a correr como un poseso, se abrió paso hacia la casa entre los que se hallaban más adelantados, y subió sin detenerse al cuarto del tercer piso, donde se había separado de Joanna. Aquello era una verdadera ruina: los muebles habían sido derribados, rotos y abiertos los armarios, y en uno de los lados un trozo de tapiz, pendiente aún de la pared, se quemaba lentamente entre los tizones de la chimenea.

Casi inconsciente de lo que hacía, apagó Dick con los pies el incipiente incendio y se quedó luego mirando perplejo. Sir Daniel, sir Oliver, Joanna, todos se habían ido; pero ¿quién podría decir si perecieron en la derrota o escaparon a salvo de Shoreby?

Cogió por el tabardo a un arquero que pasaba.

—Amigo —le preguntó—, ¿estabas aquí cuando asaltaron la casa?


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