La Flecha negra
La Flecha negra —Soltad —dijo el arquero—. ¡Mala peste! Soltad, si no queréis que os pegue.
—Oye —repuso Richard—, a eso seremos dos. Párate y contesta claro.
Pero el hombre, roja la cara por la bebida y el ardor de la pelea, dio un golpe a Dick en un hombro con una mano, mientras con la otra daba un fuerte tirón para hacer soltar su ropa.
Perdió entonces la cabeza Dick, se enfureció y cogiendo al sujeto en estrecho abrazo, lo estrujó contra las placas de la malla que cubrÃa su pecho como si fuera un niño, y luego, manteniéndolo sujeto y estirado el brazo, le ordenó que hablara si en algo estimaba su vida.
—¡Perdón! —imploró el arquero perdido casi el aliento—. Si hubiera sabido que tan irritado estabais, hubiese tenido buen cuidado de no tropezar con vos. SÃ, estaba aquÃ.
—¿Conoces a sir Daniel? —continuó Dick.
—Y bien que lo conozco.
—¿Estaba él en la casa?
—SÃ, señor, estaba. Pero cuando nosotros entramos por la puerta del patio se escapó por el jardÃn.
—¿Solo? —gritó Dick.
—LlevarÃa con él unos veinte lanceros.
—¡Lanceros! Entonces, ¿no iban con él mujeres?