La Flecha negra
La Flecha negra —La verdad es que no lo vi. Pero en la casa no habÃa ninguna, si es esto lo que deseáis saber.
—Gracias —dijo Dick—. Toma una moneda por la molestia. —Mas al rebuscar en su escarcela, Dick no halló nada. —Pregunta por mà mañana —añadió—. Richard Shel…, sir Richard Shelton —corrigió—, y ya cuidaré de recompensarte generosamente.
Entonces se le ocurrió una idea a Dick. Descendió apresuradamente al patio, corrió con todas sus fuerzas, cruzando el jardÃn, y llegó a la gran puerta de la iglesia.
Estaba abierta de par en par. En el interior, todos los rincones se hallaban atestados de fugitivos vecinos, con sus familias y cargados con sus preciados bienes, mientras en el altar mayor, sacerdotes revestidos de las sagradas vestiduras imploraban la misericordia divina. En el momento en que Dick entraba, las fuertes voces del coro retumbaban bajo las bóvedas.
Pasó apresuradamente entre los grupos de refugiados y llegó a la puerta de la escalera que conducÃa al campanario. Allà un alto clérigo le cerró el paso.
—¿Adónde vais, hijo mÃo? —le preguntó severamente.
—Padre —contestó Dick—, vengo para cumplir una orden urgente. No me detengáis. Estoy al mando de las fuerzas de milord de Gloucester.