La Flecha negra
La Flecha negra —¡Ven acá! —exclamó sir Daniel, y en tanto que el muchacho se levantaba y se le acercaba pausadamente, se recostó de nuevo en su asiento, riendo a carcajadas—. ¡Por la santa cruz! ¡Vaya un muchacho valiente!
Al mozalbete se le encendió el rostro de ira, y sus ojos negros relampaguearon con destellos de odio. Al verle de pie, resultaba más difÃcil precisar su edad. La expresión de su semblante le hacÃa parecer mayor; pero su rostro era fino y delicado como el de un niño, y, en cuanto al cuerpo, era desusadamente esbelto y delgado y su porte algo desmañado.
—Me habéis llamado, sir Daniel —murmuró—. ¿Fue únicamente para reÃros de mi lastimoso estado?
—No, muchacho, no; pero deja que me rÃa —contestó el caballero—. Deja que me rÃa, te lo ruego. Si pudieras verte a ti mismo, te aseguro que serÃas el primero en reÃrte.
—¡Bien! —exclamó el mozalbete, sonrojándose de nuevo—. De esto ya responderéis cuando respondáis de lo otro. ¡ReÃros mientras podáis!