La Flecha negra
La Flecha negra —Mira, primo —repuso sir Daniel con cierta ansiedad—, no creas que me burlo de ti; es una simple broma entre parientes y buenos amigos. Voy a proporcionarte un casamiento que te valdrá mil libras, ¿eh?, y a mimarte con exceso. Cierto es que te apresé con dureza y brusquedad, como las circunstancias lo exigÃan; pero de aquà en adelante te mantendré de muy buena gana y te serviré con el mayor gusto. Vas a ser la señora Shelton… Lady Shelton, ¡a fe mÃa!, pues el muchacho promete. Vamos, vamos, no te espantes de una risa franca; cura la melancolÃa. El que rÃe no es un mal hombre, primo mÃo; los pÃcaros no rÃen. ¡A ver, posadero! Traedme comida para master John, mi primo. Y ahora, cariño mÃo, siéntate y come.
—No —replicó master John—. No probaré ni un bocado de pan. Puesto que me obligáis a cometer este pecado, ayunaré por la salvación de mi alma. Y vos, buen posadero, dadme un vaso de agua clara y os quedaré muy agradecido.
—¡Bueno, ya te sacaremos bula! —exclamó el caballero—. ¡Y no faltarán buenos confesores que te absuelvan! TranquilÃzate, pues, y come.
Pero el muchacho era terco: se bebió el vaso de agua y, envolviéndose de nuevo en su capa, se sentó en un rincón a meditar.