La Flecha negra
La Flecha negra —Si yo hubiera tenido mi barco —repuso Arblaster—, estarÃa ahora navegando, sano y salvo, en alta mar… y conmigo mi criado Tom. Pero tú me robaste mi barco, compadre, y has hecho de mà un mendigo, y marinero con un sayo lo ha matado. «¡Mala peste!», Tom, un bribón y ya no volvió a hablar. «¡Mala peste!», fueron sus últimas palabras, y entregó su pobre alma. Ya no volverá a navegar mi pobre Tom.
Dick se sintió embargado por un remordimiento y piedad inútiles; intentó cogerle la mano al patrón, pero Arblaster evitó su contacto.
—No —dijo—. Déjame. Ya me has hecho bastante daño; conténtate con eso.
La voz se le anudó en la garganta a Dick y en ella se le quedaron las palabras. A través de las lágrimas vio alejarse al pobre viejo, mareado por la bebida y abatido por el dolor, tambaleándose, con la cabeza baja y cruzando la nieve, mientras el perro, que pasara inadvertido, le seguÃa gimiendo; y por primera vez comenzó a comprender la terrible partida que jugamos en la vida, y cómo, una vez hecha una cosa, no pueden ya cambiarla contrición ni pena alguna.
Pero no tenÃa tiempo que perder en vanas pesadumbres. Catesby habÃa reunido a los jinetes y, dirigiéndose hacia Dick, descabalgó y le ofreció su propio caballo.