La Flecha negra
La Flecha negra No se sentÃa Dick ni contento ni apesadumbrado. ConocÃa ya lo bastante al duque para no poner grandes ilusiones en su afecto, y el origen y desarrollo de su valimiento habÃan sido demasiado débiles y rápidos para inspirar mucha confianza. Sólo una cosa temÃa: que el vengativo caudillo revocara la orden de suministrarle las cincuenta lanzas. Pero en esto no hacÃa justicia al honor de Gloucester, tal como él lo entendÃa, ni sobretodo a su decisión. Desde el momento en que juzgó a Dick como el más indicado para perseguir a sir Daniel, no era él hombre que cambiase de opinión, y pronto lo demostró gritándole a Catesby que fuese diligente, pues el paladÃn esperaba.
Entretanto se volvió Dick hacia el viejo marino, que con igual indiferencia parecÃa haber recibido su condena que el perdón.
—Arblaster —le dijo—, mucho mal te he causado; pero ahora ¡por la cruz!, creo haber saldado mis deudas para contigo.
Pero el viejo patrón no hizo más que mirarle tristemente y guardó silencio.
—Vamos —continuó Dick—. Una vida es una vida, viejo pÃcaro, y vale más que todos los barcos y todas las bebidas del mundo. Di que me perdonas, porque si tu vida nada vale para ti, me ha costado a mà el renunciar a los comienzos de mi fortuna. Ven acá; bastante caro lo he pagado, no seas ruin.