La Flecha negra
La Flecha negra —Sir Richard —dijo—, yo no hago la guerra con plumas de payo real, sino con flechas de acero. A los que son mis enemigos, los mato, sin excusa ni favor. Porque, reflexionad: tan roto en pedazos está hoy este reino de Inglaterra, que no hay un solo hombre de los mÃos que no tenga un hermano o un amigo en las filas del otro partido. Si empezara a otorgar estos perdones, más valiera que envainara mi espada.
—Es posible, milord; sin embargo, he de cometer la temeridad, con riesgo de incurrir en vuestro disgusto, de recordaros la promesa que vuestra excelencia me hizo.
Se agolpó la sangre en la cara de Richard de Gloucester.
—Fijaos bien —dijo con acritud—, no me gusta la misericordia ni los que la piden. Hoy habéis echado los cimientos de una gran fortuna. Si me oponéis mi palabra, que he empeñado, habré de ceder. Pero ¡por el cielo!, que aquà morirá vuestro favor.
—Yo soy quien lo pierde —contestó Dick.
—Entregadle ese marino —ordenó el duque.
Y dando media vuelta al caballo, volvió la espalda al joven Shelton.