La Flecha negra
La Flecha negra En aquel preciso instante los escaramuzadores yorkistas conquistaban una de las tabernas de la playa, rodeándola por tres lados y ahuyentando o apresando a sus defensores. Richard Crookback se dignó aplaudir la hazaña, y adelantando un poco más su caballo pidió ver a los prisioneros.
Eran éstos cuatro o cinco; entre ellos dos hombres de lord Shoreby y uno de lord Risingham, y el último, pero no menos importante a los ojos de Dick, un viejo lobo de mar, alto, de pesado andar, de pelo gris, un poco bebido y con un perro gimoteando y saltando junto a él.
El joven duque los examinó por un momento con aire severo.
—Bien —dijo—. Ahorcadlos.
Y volvióse del otro lado para ir siguiendo los progresos de la lucha.
—Milord —exclamó Dick—, si ello os place, ya encontré mi recompensa. Concededme la vida y la libertad de ese viejo marino.
Volvióse Gloucester y miró en el rostro a su interlocutor.