La Flecha negra

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Ninguno de ellos, al ser interrogado, tenía la menor noción del paradero del duque, y al fin fue una verdadera suerte que Dick pudiera dar con él. Estaba a caballo dirigiendo las operaciones para desalojar a los arqueros de su refugio junto al puerto.

—Bienvenido seáis, sir Richard Shelton —le dijo—. Os debo algo a lo que yo concedo escaso valor: la vida, y algo más que nunca podré pagaros: esta victoria. Catesby: si yo tuviera diez capitanes como sir Richard, marcharía ahora mismo y en línea recta sobre Londres. Pero ahora, caballero, pedid vuestra recompensa.

—Sin reserva, milord —dijo Dick—; sin reserva y en voz alta. Alguien de quien tengo yo recibidos agravios ha huido llevándose consigo a quien debo amor y servidumbre. Dadme, pues, cincuenta lanzas para salir en su persecución, y con esto quedará vuestra excelencia relevado de cualquier favor que quisierais concederme.

—¿Cómo se llama ese hombre? —preguntó el duque.

—Sir Daniel Brackley —contestó Dick.

—¡Duro con ese traidor! —gritó el duque—. No es esto ninguna recompensa, sir Richard, sino nuevo servicio que me ofrecéis, y si me traéis su cabeza, echaréis una deuda más sobre mi conciencia. Catesby, dale esas lanzas, y vos, caballero, id pensando entretanto qué placer, honor o provecho me tocará daros.


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