La Flecha negra
La Flecha negra Casi junto a los linderos del bosque, y en dirección a Holywood, un singular grupo de jinetes que huÃan llamó la atención del joven vigÃa de la torre. Era bastante numeroso; en ninguna otra parte de la campiña se veÃa juntos a tantos de los de Lancaster; además, habÃan dejado tan ancha y descolorida huella sobre la nieve que Dick pudo seguir paso a paso su rastro, desde que abandonaran la ciudad.
Mientras Dick estaba contemplándolos, ganaron sin que nadie les saliese al paso las primeras márgenes de la deshojada floresta y, desviándose un poco de la dirección que llevaban, dio el sol de lleno, por un momento, sobre el grupo, destacándose contra el oscuro fondo del bosque.
—¡Morado y azul! —exclamó Dick—. ¡Lo jurarÃa! ¡Morado y azul!
Un instante después bajaba la escalera.
Le interesaba ahora buscar al duque de Gloucester, único que, en medio del desorden en que se hallaban las fuerzas, podÃa suministrarle número suficiente de hombres. La lucha, en el corazón de la ciudad, podÃa darse por terminada; y al ir de un sitio a otro Dick buscando a su jefe, pudo ver las calles llenas de soldados cargados con más botÃn del que podÃan llevar o que vagaban ebrios y vociferantes.