La Flecha negra
La Flecha negra Un confuso y tumultuoso vocerío subía de las calles, y de cuando en cuando, aunque muy raramente, el chocar de los aceros. Ni un barco, ni un simple bote, quedaba en el puerto; pero se veía el mar salpicado de velas y lanchas cargadas de fugitivos. También en tierra la llana superficie de las nevadas praderas la cortaban pelotones de hombres a caballo; unos, abriéndose paso hacia los bosques; otros, sin duda yorkistas, interponiéndose vigorosamente y obligándoles a regresar a la ciudad. Por todo el terreno descubierto yacía una prodigiosa cantidad de hombres y caballos, destacándose claramente sobre la nieve.
Para completar el cuadro, aquellos soldados de infantería que no habían hallado sitio en un barco continuaban aún un combate de arqueros en las cercanías del puerto, desde el abrigo de las tabernas de la playa. También en aquel barrio habían sido incendiadas un par de casas, y grandes masas de humo remontábanse a la pálida luz del cielo, para ir después volando en voluminosos pliegues hacia el mar.