La Flecha negra
La Flecha negra Cruzó en línea recta la ciudad, siguiendo la que suponía era la ruta de sir Daniel y mirando a todos lados en busca de algunas señales que le demostraran que estaba en lo cierto.
Las calles estaban sembradas de muertos y heridos, cuya suerte, en la terrible helada, movía aún más a lástima y compasión. Pandillas de vencedores iban de casa en casa, robando y matando, y a veces cantando a coro mientras marchaban.
De diferentes barrios llegaba a los oídos de Shelton los rumores de violencias y ultrajes; ora el golpear de los martillos de herrero sobre alguna puerta atrincherada; ora los desgarradores chillidos de las mujeres.
El corazón de Dick acababa de despertar. Acababa de ver las crueles consecuencias de su propia conducta y la idea del cúmulo de dolores y miserias que se cernían sobre Shoreby entera le llenaba de desesperación.
Llegó, al fin, a las afueras; allí vio recta ante él la misma huella, amplia y trillada sobre la nieve, que antes observara desde lo alto de la iglesia. Avivó la marcha; sin embargo, mientras cabalgaba miraba con escudriñadores ojos los caídos hombres y caballos que yacían a los lados de aquel rastro. Se consolaba al ver que muchos de éstos llevaban los colores de sir Daniel, y hasta reconoció las caras de algunos que estaban tendidos de espaldas.