La Flecha negra
La Flecha negra Era evidente que, casi a la mitad de la distancia entre la ciudad y el bosque, aquéllos a quien él perseguÃa habÃan sido atacados por los arqueros, porque los esparcidos cadáveres yacÃan muy cerca uno de otro, y cada uno de ellos atravesado por una flecha.
Y allà vio Dick, entre los restos, el cuerpo de un jovenzuelo cuyo rostro le era muy familiar.
Mandó parar su tropa, desmontó y levantó la cabeza del muchacho. Al hacerlo, cayó hacia atrás la capucha y apareció una abundante cabellera de color castaño. Al mismo tiempo se abrieron los ojos.
—¡Ah! ¡Cazador de leones! —exclamó una débil vocecilla—. Ella va más adelante. ¡Corre… corre a galope tendido!
Y la pobre damisela cayó de nuevo desvanecida.
Uno de los soldados de Dick llevaba un frasco de cierto fuerte cordial y con éste logró el joven que la muchacha recobrase el conocimiento. Entonces montó a la amiga de Joanna sobre su arzón, y de nuevo emprendió la marcha hacia el bosque.
—¿Por qué me lleváis? —preguntó la joven—. Con ello no hacéis sino retrasar el paso.
—No, señora Risingham —repuso Dick—. Shoreby está lleno de sangre, borracheras y tumultos. Aquà estáis a salvo; alegraos.
—No quiero deber ningún favor a nadie de vuestra facción —gritó—. Bajadme.