La Flecha negra

La Flecha negra

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Tiró de la brida Dick, perdida ya toda esperanza. El corto día de invierno tocaba a su término; el sol, opaca y roja naranja, sin un solo rayo, flotaba muy bajo entre la espesura de desnudos matorrales; las sombras se prolongaban a la distancia de una milla sobre la nieve; la helada mordía cruelmente en las puntas de los dedos, y el aliento y el vapor de los caballos se elevaban, formando nubes.

—Bien nos han ganado en astucia —confesó Dick—. Después de todo, tendremos que marchar a Holywood. Todavía está más cerca que Tunstall… o, al menos, así lo parece por la posición del sol.

Torcieron, pues, hacia la izquierda, volviendo la espalda al rojo broquel del sol y dirigiéndose a campo traviesa hacia la abadía. Pero las cosas habían cambiado para ellos: no podían ya marchar a buen paso por un sendero apisonado antes por los caballos de sus enemigos, ni aquel camino les conducía a una meta. Tenían que labrar su paso lentamente a través del obstáculo de la nieve, parándose continuamente para decidir el rumbo y hundiéndose a cada momento en los blancos montones. Pronto el sol les abandonó; se desvaneció el resplandor de occidente y al rato vagaban, a la aventura, entre las negras sombras, bajo las pálidas estrellas.


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