La Flecha negra
La Flecha negra Pronto, sin embargo, alumbraría la luna la cima de las montañas y podrían reemprender la marcha. Mas, entretanto, todo paso dado al azar podría alejarles de su ruta. No podían hacer nada más que acampar y esperar.
Se colocaron centinelas; se limpió de nieve un trozo de terreno, y tras varios intentos ardió en el centro una buena hoguera. Los hombres de armas se sentaron en torno al selvático hogar, repartiéndose las provisiones que llevaban y pasándose la botella de uno a otro, y Dick, escogiendo lo más delicado de aquella tosca y escasa vianda, se lo llevó a la sobrina de lord Risingham, que estada sentada aparte de la soldadesca, recostada contra un árbol.
Le servía de asiento la manta de un caballo, se envolvía en otra y contemplaba atentamente la escena alumbrada por el fuego. Al ofrecerle Dick el alimento, ella se estremeció, como si despertara de un sueño, y lo rechazó en silencio.