La Flecha negra
La Flecha negra —Señora —dijo Dick—: Permitidme suplicaros que no me castiguéis tan cruelmente. No sé en qué os he ofendido; verdad es que os he traÃdo conmigo, pero con amistosa violencia; cierto es que os he expuesto a las inclemencias de la noche, pero la precipitación con que me veo obligado a proceder tiene por objeto la protección de quien no es menos débil que vos ni se halla en menos amparo. Cuando menos, señora, no os castiguéis vos misma y comed, si no por apetito, para conservar las fuerzas.
—No comeré nada que venga de las manos que mataron a mi tÃo —contestó ella.
—¡Señora —exclamó Dick—, por la cruz os juro que mis manos no le tocaron!
—Juradme que vive todavÃa —repuso ella.
—No quiero engañaron —contestó Dick—. La compasión misma me obliga a heriros. En el fondo de mi corazón le creo muerto.
—¡Y me pedÃs que coma! —gritó ella—. ¡Y os llaman caballero! Con el asesinato de mi buen tÃo, os ganasteis la dignidad de caballero. De no haber sido yo tan necia y traidora a la vez, que os salvé la vida en casa de vuestro mismo enemigo, serÃais vos el que habrÃa muerto, y él… él que valÃa por una docena como vos… él estarÃa vivo.