La Flecha negra
La Flecha negra —No hice más que cumplir con mi deber de hombre, lo mismo que vuestro tÃo hizo en el otro partido —replicó Dick—. Si él viviera aún, como juro al cielo que serÃa mi deseo, me elogiarÃa en vez de censurarme.
—Ya me lo dijo sir Daniel —repuso ella—. Os vio en la barricada. Por vos (dijo) se desplomaba su partido; vos, quien ganó la batalla. Pues bien: quien mató a mi buen tÃo lord Risingham fuisteis también vos, tan cierto como si con vuestras propias manos lo hubierais estrangulado. ¡Y quisierais ahora que comiera con vos… cuando aún tenéis las manos manchadas con el crimen! Pero sir Daniel ha jurado vuestra ruina. ¡Él me vengará!
El desgraciado Dick quedó sumido en su aflicción. Volvió a su mente el recuerdo de Arblaster y dijo con voz que parecÃa un gemido:
—¿Tan culpable me creéis?… ¿Vos, que me defendisteis antes;… vos, que sois la amiga de Joanna?
—¿Qué tenÃais que hacer en la batalla? —replicó ella—. ¡No pertenecéis a ningún partido; no sois más que un muchacho… sólo piernas y cuerpo, y sin el gobierno del juicio y la prudencia! ¿Por qué peleabais, pues? ¡Por el gusto de hacer daño, pardiez!