La Flecha negra
La Flecha negra
HABÍAN YA terminado los caballos su reducido pienso y descansado de sus fatigas. A la orden de Dick, se apagó con nieve el fuego, y mientras sus hombres montaban, perezosos, una vez más sobre sus sillas, él, recordando, algo tarde, una precaución muy propia en la vida de la selva, escogió un elevado roble y ágilmente se encaramó hasta la horquilla más alta. Pudo desde allí divisar, a la clara luz de la luna, una gran extensión de bosque cubierto de nieve. Al sudoeste, proyectándose negros contra el horizonte, se elevaban aquellos montaraces terrenos cubiertos de brezos donde Joanna y él se encontraron con la terrorífica aparición del leproso. Y allí, precisamente, divisó un punto brillante, no mayor que el ojo de una aguja.
Se reprochó entonces su anterior olvido. Si aquello era, como parecía, el resplandor de una hoguera encendida en el campamento de sir Daniel, habría visto ya hacía tiempo y se hubiera dirigido a tal sitio; y, sobre todo, por ningún concepto debiera haber anunciado su proximidad encendiendo él mismo hoguera alguna. Mas ahora no debía perder un tiempo precioso. El camino recto para llegar a aquellas alturas tenía unas dos millas de longitud; pero lo atravesaba una escarpada y honda cañada, que no podían cruzar hombres a caballo. Para llegar más pronto, le pareció a Dick lo más práctico abandonar los caballos e intentar la aventura a pie.
