La Flecha negra
La Flecha negra —¡Por la santa cruz! —exclamó—. Pero ¿qué mÃseros perros son éstos? Unos más encorvados que arcos, otros más flacos que lanzas. ¡Amigos mÃos: iréis a la vanguardia en el campo de batalla! No perderé gran cosa con vosotros. Mirad aquel viejo villano montado en el caballo moteado. ¡Un borrego montado en un cerdo tendrÃa un aire mucho más marcial! ¡Hola, Clipsby! ¿Estás ahÃ, buena pieza? Eres uno de los que yo perderÃa de buena gana. Irás delante de todos, con una diana pintada en tu cota, para que los arqueros puedan apuntarte mejor. Tú me enseñarás el camino, pÃcaro.
—Os enseñaré cuantos caminos queráis, sir Daniel, excepto el que os lleve a cambiar de partido —replicó audazmente Clipsby.
Soltó sir Daniel una estrepitosa carcajada.
—¡Bien contestado, muchacho! —exclamó alborozado—. Lengua viperina tienes. Y te perdono la frase por lo graciosa. ¡Selden, cuida de que den de comer a los hombres y a los caballos!
El caballero volvió a entrar en la posada.
—Ahora, amigo Dick —dijo—, empieza a despachar eso: ahà tienes buena cerveza y buen tocino. Come, mientras yo leo la carta.
Abrió el pliego y a medida que leÃa fruncÃa más el entrecejo. Terminada la lectura, se sentó unos momentos, pensativo. Luego clavó una mirada penetrante sobre su pupilo.