La Flecha negra
La Flecha negra
A LA mañana siguiente, Dick se hallaba en pie antes de que saliera el sol, y elegantemente ataviado, gracias a la ayuda del ropero de lord Foxham, y después de haber obtenido buenas noticias de Joanna, salió a dar un largo paseo para calmar su impaciencia.
Al principio se limitó a dar vueltas por entre los soldados que, a la pálida luz del alba de aquel día de invierno, estaban armándose al rojo resplandor de las antorchas; pero gradualmente fue alejándose hacia el campo y, al fin, pasó por completo al otro lado de las avanzadas, marchando solo por el bosque helado, esperando la salida del sol.
Plácidos y dichosos eran sus pensamientos. Su breve valimiento con el duque no lo consideraba digno de entristecerle el corazón; teniendo a Joanna por esposa y a lord Foxham por protector, contemplaba venturosamente su porvenir y nada encontraba en su pasado que le apesadumbrase.
Mientras así caminaba y meditaba, fue haciéndose más clara la luz solemne de la mañana; coloreaba ya el sol el lado de oriente, y un vientecillo cortante soplaba sobre la helada nieve. Volvíase hacia la casa; pero al volverse, se fijó su mirada en una figura que se ocultaba tras un árbol.
—¡Alto! —gritó—. ¿Quién va?
