La Flecha negra
La Flecha negra ¡Ah! ¿Y el muchacho? —pensó Dick—. ¿Habrá perecido? Éste es su caballo, sin duda. ¡Valeroso animal! No, compañero, si tan lastimosamente clamas, haré cuanto puede hacer un hombre por ti. ¡No has de quedarte ahÃ, hundiéndote pulgada a pulgada!
Y montando la ballesta, le hundió en la cabeza una certera flecha.
Tras este acto de brutal piedad Dick siguió su camino, algo más sereno su ánimo, mirando atentamente en torno, en busca de alguna señal de su menos afortunado predecesor en el camino.
¡Ojalá me hubiera arriesgado a darle más detalles de los que le di —pensó—, pues mucho me temo que se haya quedado hundido en el lodazal!
Pensaba esto cuando una voz le llamó por su nombre desde un lado del camino y, mirando por encima del hombro, vio aparecer el rostro del muchacho entre los cañaverales.
—¡Ah! ¿Estáis ahÃ? —dijo, deteniendo el caballo—. Tan oculto estabais entre las cañas, que pasaba de largo sin veros. A vuestro caballo vi hundido en el fango y puse fin a su agonÃa, haciendo lo que a vos os correspondÃa, siquiera fuese por lástima. Pero salid ya de vuestro escondite. Nadie hay aquà que pueda causaros inquietud.